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1 de junio de 2014

Carta mi esposa muerta (sin la ética del ¡Basta ya!)




Queridísima Ari:

A veces uno descubre las cosas importantes al final, como yo ahora mismo al leer sobre la ética del “¡basta ya!”.
Logramos el final que querías, una muerte digna en casa y con los tuyos, pero ¡qué largo calvario desde el principio!
¿Te acuerdas? Era un dolor más constante que el tuyo típico de la vesícula, casi en el mismo sitio. No sé cuándo te empezó. Al médico le dijiste que un par de meses, pero yo creo que llevabas con ello un par de años. Fuiste siempre una mujer recia, un poco bruta contigo misma. Los dolores te parecieron siempre cosas “normales”, que no valía la pena comentar. Además, claro, la vesícula siempre la habías tenido bien por mucho que te molestara. A los médicos eso les sorprendía, que una paciente tuviera dolor de vesícula típico sugerente de piedras y que tuviera la vesícula normal. Decían exactamente “sugerente de litiasis biliar”, pero nunca tuviste piedras por mucho que te estudiaran.
Terminaste aprendiéndote aquello de “es mi punto débil, como otras tienen jaqueca o les duele la regla”. Y con eso te consolabas y te parecía normal que de vez en cuando te doliera ahí, en la parte de arriba del lado derecho de la tripa.
La verdad es que tampoco te gustaba ir al médico. Para lo de tu vesícula fuimos tres veces, que recuerde. Primero a ver al de cabecera, Dr. Hernández, luego ya con un dolor muy fuerte a urgencias y de allí te mandaron al de digestivo. Y ya. Te dijo el especialista que volvieras, pero ni atada. Hasta que tuviste que hacer de nuevo “la rueda” al cabo de los años por el dolor de siempre, con el Dr. Hernández en primer lugar, al que ya no le gustó nada tu aspecto. “¿Ha adelgazado?” preguntó. “La veo más delgada de nunca. ¿Está a régimen por algo?”. Y luego te miró los ojos y me preguntó: “¿No le ha notado este tono amarillento del blanco de los ojos?”. La verdad es que no. Lo del picor también le preocupó; escribió “prurito persistente”.
A mí me había llamado la atención aquel picor tan raro, que te rascabas a cada rato sin darte cuenta, pero no te quejabas. “Te estás rascando”. “Sí, no me daba cuenta. Me pica todo el cuerpo, pero no es molesto”.
Lo del picor no me gustó nunca nada y más después de ver “Caro diario”. El protagonista empezó con picor y terminó con un cáncer, un linfoma. Al final el que le orienta es un médico chino de terapias alternativas y eso que fue a ver a todo tipo de médicos, hasta al “príncipe de los dermatólogos”.
No es que pensara en cáncer, la verdad; pensaba en lo nerviosa que estabas. En aquella temporada estabas muy nerviosa, entre el trabajo, con el imbécil del nuevo jefe (aquel mequetrefe del PP que substituyó al tonto inútil del PSOE tras las elecciones), y las bobadas de Lara, con su pre-adolescencia.
Lara se ha portado fenomenal al final. Ya le bajó la regla y es una mujercita que está cuidando de sus hermanos y de mí, como si fuera mayor. Me enternece su fuerza de voluntad. Sigue yendo al colegio como siempre y estudia como siempre, pero se cuida de todo como si pudiera sustituirte. Intento que salga con las amigas, pero se resiste: prefiere quedarse en casa y jugar con sus hermanos. ¡Quién lo iba a decir! Ha pasado de ignorarlos a atenderlos con mimo. Me da rabia, lo suyo ahora sería hacer el tonto con sus amigas. Espero que se le vaya pasando poco a poco. No tiene sentido que pretenda tener responsabilidades que no son de su edad. Además, claro, al principio con tu brusca ausencia sus hermanos encontraron en ella un refugio, pero ahora las cosas se van normalizando y prefieren aliarse de nuevo entre ellos dos. Son chicarrones muy brutos y a veces le hacen daño a Lara cuando se ponen a pelear y terminan a empellones. Especialmente Alex es fortísimo, del estilo de tu padre. Manu es más sensible, menos violento. Pero los dos juntos llegan a hacer daño de verdad a Lara, si no se retira a tiempo o si no intervengo. De lo demás vamos bien; los tres siguen colaborando en la organización de la casa, desde compra a limpieza; siguen aprendiendo conmigo a cocinar (me encanta enseñarles cada día platos más complicados) y ahora están con el punto, haciéndose todos un jersey con los colores de la bandera republicana.
¿Te acuerdas cómo se despidieron de ti, cuando volviste del hospital y me pediste que nunca más te llevara ni allí ni a urgencias, que no querías salir de casa mientras te quedara un “hálito de vida”? [eso dijiste, "un hálito de vida", ¡qué bonito!]
Todavía se me rompe el alma. Tú ya apenas podías hablar, sólo muy bajito. “Lara, hija, tú eres la mayor. ¿Me prometes que vas a cuidar a tu padre y que no te pegarás con tus hermanos? ¡Ahora ya no estaré yo para tantas cosas…!”. “Lo prometo, mamá. Seré buena como nunca. Te quiero mucho”.
“Y vosotros, Manu y Alex, todavía tenéis que aprender a ser hombres. Sed buenos y no os peguéis, y mucho menos os peguéis con Lara. Papá os necesitará a su lado, que ahora estará solo”. Fueron incapaces de decir nada. Uno a cada lado de la cama, llorando y dándote besos.
No fue lo peor la muerte. En eso se portó bien el Dr. Hernández, pues vino a verte a diario, habló sinceramente contigo y cuando ya no había nada que hacer te puso aquella inyección que hizo dulce la agonía. Lo malo fue antes, los ocho meses entre la primera consulta al de cabecera por el dolor y la decisión de volver a casa a morir. Todo tiene un momento y cada cosa su tiempo, pero el morir no se puede convertir en un suplicio. Consultas y más consultas, la baja laboral, pruebas y más pruebas, citas y recitas, la vida alrededor del hospital y de los médicos como si no hubiera unos hijos y un marido, como si no hubiera una persona que además de mujer convivía con su cáncer. Te convirtieron en una cosa con cáncer, ignoraron que eras una persona enferma. El tratamiento heroico, la cirugía, la extirpación de un trozo de hígado, las complicaciones en la UVI, los oncólogos turnándose y desconociendo todo acerca de ti, preguntándote casi cuál era tu nombre, el último intento de la quimioterapia…¡la lucha y la batalla contra el cáncer!
Te escribo por eso, por la lucha y la batalla contra el cáncer. ¡No sabes el texto tan bonito que ha publicado una enferma en “The Guardian”!
Dice que si alguien se atreve a repetir aquella estupidez de “murió pero luchó bravamente”. se levantará de su tumba para maldecirlo.
Esto de las metáforas militares contra el cáncer es de estúpidos que ignoran lo que es convivir con la enfermedad. Con esta enfermedad que surge de lo profundo, quizá activada por productos químicos, quizá por radiaciones, o por otras razones. Una enfermedad que es en realidad un “exceso íntimo” que se convierte en un huésped indeseado, una parte de nosotros mismos que nos amenaza y atemoriza. Me lo explicabas tú muy bien: “No es lo malo eso de tener cáncer, Paco. Lo malo es lo que se espera de los pacientes con cáncer, como si tuviéramos que ser perfectos, como si no tuviéramos miedo y desazón, angustia e insomnio, como si no tuviéramos sentimientos negativos en todos los sentidos. Por obligación hay que tener ganas de vivir y de enfrentar todo. Hay que resistir incluso esta atención para idiotas de idiotas que me dicen que voy mejor, que tengo que seguir luchando, que mañana hay una prueba pendiente, otra más. ¿No se darán cuenta de que me estoy muriendo? ¿No tendrán piedad y serán humanos? ¿Preguntarán alguna vez por mis sentimientos? ¿Me dejarán expresar mi espiritualidad, mis ganas de encender velas y de meditar, de sentir que puedo vibrar con las luces del amanecer y del atardecer? Aquí todo es pura biología, pura tecnología, tan frío el metal de los aparatos como el corazón de muchos de los médicos. Yo creo que les ha fastidiado eso de no prestarme a entrar en un ensayo clínico con nueva quimioterapia, ¡pero si es por su propio interés, por lo que les pagan los laboratorios!”.
Yo le quitaba importancia a todo, excusaba a los médicos, me sumaba al “luchar y batallar contra la enfermedad” (intentaba no decir “cáncer”), pero ahora me doy cuenta de que tenías razón pues había como mucho una falsa piedad, una apariencia de interés que disimulaba un desapego constante, una ignorancia de la persona en su complejidad y, por supuesto, un casi desprecio de la familia y amigos, como si molestáramos siempre. Entonces creí que habías perdido la batalla, que te rendiste al pedir la vuelta a casa. Colaboré contigo por amor, pero no lo entendí.
Ahora he leído también lo de la mujer de un sociólogo de Granada, que murió con cáncer de colon. Lo suyo fue más largo que lo tuyo, pero tú le ganaste en intensidad. Los títulos de los comentarios del sociólogo dicen bien de todo esto: “granjas oncológicas”, “fragmentos de adversidad”, “la sobrecarga”
http://www.juanirigoyen.es/2013/06/las-granjas-oncologicas.html
http://www.juanirigoyen.es/2013/07/fragmentos-de-adversidad.html
http://www.juanirigoyen.es/2013/07/la-sobrecarga.html
http://www.actasanitaria.com/la-lista-de-problemas-de-como-el-paciente-es-mas-que-su-enfermedad/
Esos comentarios me llevaron a Internet hasta toparme hoy mismo con la ética del “¡basta ya!”. Lloré leyéndolo. Fue increíble encontrar al fin la mirada compasiva ante la muerte, el saber decir “hasta aquí hemos llegado y no vamos más, dame la mano, deja de sufrir creyendo que fracasas en tu doloroso batallar, descansa, busca la paz interior, recobra la dignidad que has perdido en este luchar contra la enfermedad”. Es algo que no saben decir los médicos y menos los oncólogos. En sus algoritmos falta una rama que lleve a una salida digna que diga “Fin. ¡Basta ya!”. La muerte se entiende como fracaso y el abandono de la lucha como una deserción.
También hoy he leído un alegato contra las turbias relaciones de los médicos con las industrias en que se dice que esos médicos cambian el juramento “hipocrático” por el juramento “hipócrita”, de forma que ponen sus intereses por delante de los pacientes, con resultado de muertes. En eso también tenías razón, hay médicos despiadados que ven como normal el aprovecharse de la enfermedad de sus pacientes
http://www.newsweek.com/2014/05/30/sunshine-act-will-publicize-big-pharmas-undue-influence-doctors-251736.html
Te llevo enhebrada en las pupilas. Te llevo grabada en el corazón. “Tu párvula boca que siendo tan niña me enseño a pecar”. ¡Cómo volvería a pecar si volvieras a besarme como aquella primera vez, de adolescentes inmaduros y ardientes! Tus hondas ardientes oquedades tan gustosamente rellenables. Tu cálida piel, tu alegría y tu calma. Tu valentía e inteligencia.
Perdóname por no haber sabido de la ética del ¡basta ya! y por haber creído que “perdiste la batalla contra el cáncer”. En realidad la ganaste al morir en casa con dignidad y saber decir no a la brutalidad del encarnizamiento médico, y sólo ahora me doy cuenta.

¡Qué torpe he sido siempre!
Tu Paco
NOTA
Este texto se basa en un hecho real, en una carta enviada al autor por un catedrático de universidad, de Barcelona, que descubrió el artículo de la ética del “¡basta ya!” al poco tiempo de la muerte de su esposa.

       Fuente de la Imagen


Médico general jubilado, Equipo CESCA (Madrid, España) jjgervas@gmail.com; mpf1945@gmail.com; www.equipocesca.org; @JuanGrvas

16 de abril de 2014

Si un médico ejerce de médico puede parecer un dios


Fuente: Acta Sanitaria - El Mirador - Dr. Juan Gérvas.






Introducción
Los médicos tenemos dos objetivos: 1/ evitar-tratar-paliar el sufrimiento humano y 2/ ayudar a bien morir a los humanos
http://www.ehu.es/SEMDE/archivos_pdf/Los%20Fines%20de%20la%20Medicina%20HastingsCenter.pdf
Cuando lo hacemos bien podemos hacerlo tan bien que el paciente llegue a intentar besarnos la mano al comprobar los “milagros laicos cotidianos” que logramos. Lamentablemente, dejamos de hacerlo bien por el desarrollo de la estadística mal interpretada de los ensayos clínicos y por el énfasis en una falsa prevención. Nos creemos científicos y tendemos a dejar de ser sanadores capaces de “milagros laicos cotidianos”. Vamos de sanadores a curanderos y terminamos en magos que prometemos imposibles, como la vida eterna en la Tierra, y así acabamos en comerciantes con intereses predominantes en hacer negocios
http://equipocesca.org/enfermedad-ciencia-y-ficcion/
En esta lógica, parecería que lo clave fuera la calidad técnica y que la calidad humana fuese sólo un adorno. Parecería que lo importante es la ciencia y la técnica, como si la humanidad, la irracionalidad, el arte y la armonía fueran ajenas al ejercicio del médico. Pero el médico no es un técnico, sino un sanador con fundamento científico y en este sentido se debería gobernar su actividad clínica
http://equipocesca.org/gobierno-clinico-de-la-clinica-diaria/
Al desprestigiar la necesaria función del médico como hacedor de “milagros laicos cotidianos” caemos en la técnica fácil, en las guías y algoritmos y en los programas “verticales” y por ello hay un exceso preventivo y un defecto curativo. Por ejemplo, los protocolos y las tablas de riesgo, los múltiples factores de riesgo y las nuevas vacunas nos dan impresión de omnipotencia preventiva. En la idea de que todo se puede prevenir, lo imprevisible nos desborda, desde una neumonía a una enfermedad de Parkinson pasando por un lupus eritematoso y una gripe. Buscamos como fin la juventud eterna, “luchamos” por ella y perdemos la oportunidad de ayudar, acompañar y a veces sanar a los pacientes.
Pretendemos ignorar que, cuando un médico ejerce de médico, puede parecer un dios. Pretendemos ignorar que los “milagros laicos cotidianos” son fundamentales para los pacientes y sus familiares, para la comunidad y para la sociedad. También son importantes para el profesionalismo, para la entrega a la sagrada tarea que es el trabajo del médico.
Para hacernos idea de esos “milagros laicos cotidianos” presento unos casos clínicos relatados en primera persona, experiencia directa de colegas varios. El lector tendrá muchos más. Se han cambiado los detalles necesarios para hacer imposible la identificación de los pacientes, pero son reales las situaciones y casos clínicos descritos.
Un paciente con infección de oído
[Médico mujer en la periferia de la ciudad, en un centro de salud] La sala de espera estaba llena con una tribu gitana bien conocida. Acudían esta vez en tropel y agitados, incluso venía el patriarca. Buenas personas y con una larga y excelente relación conmigo, me preocupó verlos tan nerviosos. Aguardaron su turno y en su momento entró José, de 28 años, con su mujer y sus tres hijos y con su madre (la puerta se quedó abierta, con la familia que no cupo, intentando seguir el desarrollo de la consulta). Tenía mal aspecto, apagado. Llevaba una semana con dolor del oído izquierdo y fiebre alta. Se lo había lavado con múltiples soluciones caseras (aceite de oliva, coñac, agua caliente, etc) y al final tomó antibiótico que le dio una vecina. Le supuraba y le dolía intensamente. A la exploración no pude visualizar el tímpano, por el acúmulo de pus y detritus, pero me alarmó sobremanera la tumefacción periauricular y el dolor a la exploración de la mastoides y del resto del temporal. No había grandes alteraciones neurológicas, pero sí una cierta ptosis parpebral superior (el ojo izquierdo parecía más pequeño que el derecho). Recomendé el inmediato traslado a urgencias hospitalarias con sospecha de mastoiditis y peligro de abceso en peñasco. Hablé con el patriarca para lograr su colaboración. Al día siguiente supe que nada más llegar a urgencias José había entrado en coma y que tuvieron que hacer limpieza quirúrgica a fondo, por el abceso. La familia me quería besar la mano al reconocer la oportunidad de la recomendación del ingreso.
Una mujer cuyo padre murió recientemente
[Médico en un consultorio rural, varón, solo, sin apoyo administrativo ni enfermero] En horario de tarde, ya al final. En la sala de espera vacía sólo queda una joven desconocida. No sabe si la voy a atender, pues ha llegado después del horario de consulta, prolongado sólo por ir con retraso. Es una paciente que acude por primera vez, una joven madura, apuesta, muy pintada y resuelta, como advierto mientras le doy la mano y la invito a pasar. Le preocupa una mancha en la espalda, de hace años pero que le han dicho que está creciendo. Se asombra que me ofrezca a quitársela en el momento pero acepta encantada. Pongo la anestesia local y vuelve de nuevo a la sala de espera a dar tiempo para que haga efecto. Le dejo el texto que doy a los nuevos pacientes en que se describe un poco mi filosofía de trabajo, las rutinas de la consulta y mi currículo. Tumbada boca abajo en la camilla y mientras procedo a extirpar el nevus de la espalda, rompe a llorar inesperadamente. Entrecortadamente relata que ha leído en mi nota el párrafo sobre “ayudar a bien morir” y le ha recordado la reciente muerte de su padre, por cáncer. Está conmovida al recordar vívamente que la sedación terminal se aplicó sin que él lo supiera. Se arrepiente y le agobia. Mi mano en su hombro ayuda a que se calme. Doy cuatro puntos y seguimos hablando de la muerte y del papel de los médicos, del sistema sanitario y de la deshumanización de la atención. La dejo hablar y llorar. Se calma. Sale de la consulta nueva. No sabe cómo agradecer estos momentos que le han devuelto la paz interior.
Un veterinario con cuadro gripal
[Médico mujer, en centro de salud urbano] Aquel paciente era conocido pero acudía poco a la consulta, en total tres veces en los últimos cinco años. Entró como siempre, muy cortés tras el saludo ritual en la puerta y el darnos la mano. Se le notaba preocupado. “Llevo cinco días con fiebre de 39ºC, un dolor de cabeza como nunca y las articulaciones y los músculos como si me hubieran dado una paliza. Parece gripe, pero estamos en verano, así que no sé qué pensar”. De profesión veterinario, trabajaba en la sanidad pública, en labores administrativas. “¿Ha estado últimamente con animales?”. “Sí, hace una semana, con un amigo, de visita en una explotación ganadera. Pero, ¿cómo se le ha ocurrido?”. “Probablemente tiene una fiebre Q. Se curará con doxiciclina”. Tras la entrevista y la exploración, al confirmar el diagnóstico de sospecha, el paciente me dijo: “Insisto, ¿cómo ha llegado tan pronto al diagnóstico?”. “No es de certeza. Vamos a aprovechar que hoy toman muestras de sangre aquí mismo y se hace un análisis, pero ya empieza con el tratamiento. Si quiere saber todo, el mes pasado un amigo mío cazador terminó ingresado con un cuadro de comienzo muy similar que acabó en encefalitis grave, parece que por una picadura de garrapata en el campo”. Cuando llegó el resultado se confirmó el diagnóstico. Llamé al paciente, estaba recuperado y agradecidísimo, encantado de haber elegido a la Seguridad Social en lugar de seguro privado (en MUFACE).
Dos hermanas menores de edad
[Médico varón, centro de salud urbano] Conocía a las dos hermanas pero nunca habían venido solas, siempre con su madre y en alguna rara ocasión con el padre. Le di la mano a la mayor (ya con sus dieciséis años exhibía sus pechos con excesiva “arrogancia”) y un beso a la pequeña (con doce años todavía era una niña, aunque su madre me había comentado hacía tiempo que ya había reglado). Se sentaron con mucha corrección y tras la cortesía de rigor y la pregunta inicial (“¿Qué os trae por aquí?”), tomó la palabra la mayor, mientras su hermana se encogía, literalmente: “Pues ya ves, que mi hermana dice que tiene los labios menores de la vulva muy desarrollados, que no es normal, y está muy preocupada y avergonzada”. Miré a la aludida con cierto grado de sorpresa, pues seguía siendo casi la misma niña que yo había visto por última vez hacía un par de años y le dije “Pasa a la camilla, detrás del biombo, y déjame ver. Por favor, dale la mano a tu hermana para que estés más tranquila”. La exploración fue rápida y la conclusión (dicha con un tono de quitar importancia) también “Tienes una vulva normal. Los labios protegen la entrada a la vagina, y en su día ayudarán en las relaciones sexuales. No andes preocupada que a nadie asombrarán tus labios, son de lo más normal. De paso vamos a hablar un poco sobre la regla y sobre la higiene y salud sexual, que ya eres una adolescente y no una niña”. Cuando volvió a sentarse se había transformado, como un mariposa recién salida del capullo. Repasamos lo más común de la higiene y salud sexual y dejé abierta la puerta para sucesivas consultas sin presuponer ninguna orientación sexual específica (uno no sabe nunca). Se despidieron con dos besos cada una, la mayor agradecida en el alma, la pequeña todavía un poco encogida pero con la mirada iluminada.
Una paciente ingresada por intento de suicidio
[Estudiante de sexto de medicina, en prácticas en salud mental, camas de hospitalización de un gran hospital] “Pero Marta, ¡no te había visto desde el Instituto!” Marta, 20 años, se había tomado una caja de diacepán la noche anterior y la trajo a urgencias una compañera de piso. Era la segunda vez que intentaba suicidarse. Lo último que esperaba Marta era encontrarse allí a Andrés. Tardó en identificarlo y desde su posición horizontal en la cama se sintió muy indefensa. Andrés había sido su pretendiente perpetuo, al que siempre había dado calabazas. “Lo siento, lo siento”, dijo Marta. “No hay nada que sentir, aquí soy como un médico, tengo que aprender a comprender a pacientes como tú”. “Si quieres ayudarme, por favor logra que me dejen dormir, llevan toda la mañana de visitas de médicos y de estudiantes, cada cual más inquisidora”. “Hecho”. Efectivamente, Andrés habló con las enfermeras de planta, los médicos, los otros estudiantes y hasta con las limpiadoras y logró que hubiera una tregua al menos “hasta después de la siesta”. Andrés se quedó a los pies de Marta, sentado muy recto, con su móvil en silencio, sin hablar ni decir nada. Marta se durmió. Despertó bruscamente, asustada. En seguida vio a Andrés. “Andrés, dame la mano, por favor, he tenido una pesadillo horrible, me asaltaban unas ratas monstruosas para comerme. ¡Qué suerte que estés aquí!”. Andrés le dio profesionalmente la mano a Marta, quien volvió a dormirse de inmediato. Después de la siesta todo volvió a la rutina y Andrés se fue de viaje aprovechando la Semana Santa. Años después, Marta encontró a Andrés en un restaurante y le pidió hablar en un aparte. “Andrés, nunca podrás imaginar la vida que me diste con tu apretón de manos cuando estuve ingresada. Me gustaría verte otro día con tranquilidad, dame el teléfono por favor”. Y, antes de que Andrés lo pudiera evitar, Marta le besó la mano.
Una paciente con diabetes complicada
[Médico mujer, en el domicilio de la paciente] Conchita era vieja conocida, una diabética de toda la vida. Cumplía más o menos bien con regímenes y medicaciones. Siempre había sido muy alegre. A los 65 años la situación se complicó con un infarto de miocardio masivo. Tras el largo ingreso la vuelta a casa fue un alivio. El informe no podía ser más negativo, una insuficiencia cardíaca grave, fallo renal, arteriopatía generalizada y difícil control metabólico. El marido estaba jubilado y en casa vivía el hijo menor, mecánico de profesión y buen actor aficionado de teatro. Hablé con los tres para plantear el seguimiento. No quería más ingresos, sino ser atendida en casa “hasta el final, que tiene que estar cerca, ya no puedo ni levantarme de la cama”. Les di mi teléfono, por si acaso y comencé a visitarla a diario pues calculé que su situación era de paciente terminal grave. El padre y el hijo se turnaban para atenderla, para que siempre hubiera alguien al lado cuando quisiese moverse. Duró una semana. El marido me llamó al final de la madrugada y pasé por su casa antes de empezar la consulta. Ya había familiares y amigos en el improvisado velatorio. “Cuando yo misma muera quisiera que me atendieran un esposo y un hijo como han atendido a Conchita”, dije en voz alta mientras me tomaba un café en el comedor, a la espera del certificado de defunción”. El marido lo agradeció, pues además lo habían oído todos los presentes y contestó: “A mi me gustaría que usted me atendiera cuando yo mismo vaya a morir, ¡que dios la bendiga!”.
Epílogo
Repito: “Pretendemos ignorar que, cuando un médico ejerce de médico, puede parecer un dios. Pretendemos ignorar que los “milagros laicos cotidianos” son fundamentales para los pacientes y sus familiares, para la comunidad y para la sociedad. También son importantes para el profesionalismo, para la entrega a la sagrada tarea que es el trabajo del médico”.
Si los médicos ejerciéramos de médicos las industrias tendrían que hacer de tales y a lo mejor teníamos ya una vacuna eficaz contra el paludismo y cirujanos en África. Ahora el mundo está al revés, la medicina tiene un “déficit curativo” y los médicos pretendemos ejercer de científicos-técnicos dilapidando recursos en una prevención nihilista que sólo beneficia a las industrias (farmacéuticas, alimentarias, tecnológicas y de servicios).
¡Pobres médicos! ¡Pobres pacientes! ¡Pobre Humanidad!

Médico general jubilado, Equipo CESCA (Madrid, España) jjgervas@gmail.com; mpf1945@gmail.com; www.equipocesca.org; @JuanGrvas

12 de julio de 2013

Hay un 'sano envejecer', pues el envejecimiento no es enfermedad


Antonio Gómez Díaz es un anciano de 85 años. Es soltero "de vocación", como siempre anota cuando se le pregunta al respecto; y añade con ironía y machismo: "lo mejor es disfrutar de las mujeres sin comprometerse". Fue catedrático de Histología en la Universidad de Palma de Mallorca, donde logró formar a múltiples discípulos que triunfaron en otras universidades, de Alemania, España, Estados Unidos, Japón y el Reino Unido.

Antonio Gómez Díaz fue muy querido por sus alumnos de Medicina, como profesor y como ciudadano. Se enfrentó a los partidos políticos y a sus corruptos productos (los políticos), y también a la Iglesia Católica ("oficial" remarcaba siempre, pues siendo ateo mostró y muestra enorme respeto por las creencias religiosas sinceras). En lo científico no dejó títere con cabeza, especialmente contra "los vendedores de humo", como los denominaba y denomina; empezó en su juventud, antes de la universidad, continuó como estudiante universitario en Salamanca, no cejó como profesor en Palma de Mallorca y todavía a sus años publica una columna semanal en el "Diario de Mallorca". Escribe sobre los excesos de la Medicina en general, pero particularmente sobre los excesos en el diagnóstico. Le hierve la sangre especialmente cuando los abusos llegan a la "prensa seria en papel". Así define los periódicos, a los que es adicto. No hay día en que se pierda "La Vanguardia" y "El País", además del "Diario de Mallorca". Como muestra sirva un botón, su columna dedicada al "Hay un sano envejecer, pues el envejecimiento no es enfermedad". La copiamos literalmente para que el lector se haga idea del pensamiento de Antonio Gómez Díaz.

"Hay un sano envejecer, pues el envejecimiento no es enfermedad"

"Llamamos 'enfermedades inventadas o imaginarias' a situaciones fisiológicas transformadas artificialmente en problemas de salud. En inglés se suelen denominar 'non-diseases'. El invento no es moderno sino antiguo, empleado como forma de dominación por los brujos y hechiceros de las tribus. Cuando algo deviene enfermedad cae bajo el ámbito de la Medicina. Con ello da valor al trabajo de los médicos, y a sus actividades y productos. En la actualidad, la actividad creadora de enfermedades crece como la mala hierba en todos los campos. Los médicos abandonan su papel de sanadores para convertirse en comerciantes, que todo lo venden

Sociedades "industriales", que no "científicas"

En su papel de comerciantes se alían los médicos clínicos con los académicos, y ambos con los "expertos" y las sociedades "científicas" (muchas de estas existen sólo por y para los intereses comerciales, lo que transforma su sobrenombre de "científicas" es un verdadero exceso).

La diversas industrias emplean el crédito de los médicos para vender sus productos, y no lo hacen gratis; pagan desde congresos al alquiler de las sedes de las sociedades "científicas" y crean una suerte de "cuadra" de líderes de opinión que van de actividad en actividad y de ciudad en ciudad vendiendo las "buenas nuevas" (cambiantes y a veces hasta opuestas; el cinismo es la base de estos vendedores de humo que pasan por "expertos"). Las industrias son las farmacéuticas, tecnológicas, de alimentación y otras.

Muchos lectores piensan sólo en las industrias de medicamentos, que de hecho tienen una imagen por el suelo, comparable a la de los políticos y sus partidos, similar a las industrias del tabaco. Pero conviene no olvidar las industrias de la tecnologías (aparatos de análisis, de radiología, de imágenes en general, de fisioterapia, de respiradores y más), de la alimentación (hoy en día los alimentos empiezan a ser medicamentos, que "bajan el colesterol", "refuerzan los huesos", "mejoran las defensas", etc.), de la gestión (esas que promueven la privatización sin fundamento científico, por ejemplo) y otras (de productos desechables como mascarillas y guantes, de productos de higiene y más).

"Non-diseases"

En 2002 la prestigiosa revista "British Medical Journal" repitió un ejercicio realizado por primera vez en 1979, sobre la opinión de estudiantes, académicos y médicos clínicos acerca de un listado de "enfermedades inventadas" ("non-diseases"). Como era esperable, en ambas ocasiones el envejecimiento se vio como una condición que no era enfermedad pero que se podía medicalizar con facilidad

Envejecer es permanecer y, simultáneamente, son las huellas que deja el paso del tiempo. Hay cambios morfológicos y fisiológicos que llevan a una menor capacidad de adaptación y de cambio ante los dinámicos eventos externos e internos. Envejecer es expresión del triunfo temporal sobre la muerte, pues sólo envejecen los que sobreviven. Envejecer es sano. Envejecer es expresión de salud, una oportunidad de disfrutar de la vida. Se habla de "envejecimiento activo", que se refiere a la participación individual y colectiva en actividades cívicas, culturales, económicas, espirituales, lúdicas, políticas y sociales. Estas actividades contribuyen a mejorar la calidad de vida de los que envejecen.

Hay muchos intereses industriales en las enfermedades imaginarias, y especialmente en transformar el proceso fisiológico y gozoso del envejecer en un proceso patológico, doloroso y enfermizo. Hay muchos intereses académicos y clínicos, hay mucho mercader en ello. Hay mucho dinero, un gran mercado.

Vejez y medicamentos

Los buenos médicos clínicos ya saben que no se puede "envenenar" a los ancianos "empastillándolos". No se puede emplear un medicamento (¡o varios!) para cada mal. El objetivo es que el anciano tome cuatro medicamentos distintos al día, como máximo.

Sabemos que en el anciano hay una redistribución de masa corporal, con aumento de la grasa (el 18-36%) y disminución del músculo. Por ello los medicamentos lipofílicos tienen mayor acción, al aumentar su vida media; por ejemplo, los neurolépticos, antidepresivos y benzodiacepinas. Conviene reducir sus dosis.

También disminuye el contenido en agua (el 10-15%) y aumenta la concentración consiguiente de medicamentos como digoxina, diuréticos y litio. Conviene reducir sus dosis.

Los niveles de albúmina sérica bajan el 15-20% en ancianos frágiles y/o malnutridos, lo que aumenta la fracción libre y activa de muchos medicamentos, como fenitoina, ácido valproico y flunazepan. Conviene reducir su dosis.

La actividad hepática decrece en los ancianos, lo que aumenta la toxicidad de muchos medicamentos que se metabolizan en el hígado. Por ejemplo, morfina, metoprolol, verapamilo, amitriptilina, citalopran, sertralina y venlafaxina. Conviene reducir sus dosis.

Por supuesto, también disminuye el filtrado glomerular que se compensa con una menor masa muscular para mantener niveles normales de creatinina, por lo que se precisa medir el aclaramiento de la misma para valorar adecuadamente el problema.

El médico clínico prudente valora estas circunstancias y muchas otras, pues no es lo mismo el anciano de 90 años frágil y muy enfermo que el sano anciano de la misma edad, robusto y fuerte. Es esperable una cierta "resiliencia del anciano", esa resistencia a la enfermedad y al sufrimiento, que tanto llama la atención del médico joven

Ejemplo de mercaderes en el templo

A veces hay espectáculos increíbles en el campo de las enfermedades imaginarias, o "non-diseases". Ninguno como el reciente en el "Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares", en Madrid

Como escribió literalmente el periodista, también confabulado para convertir el envejecer en enfermedad:

"Se juntan un cardiólogo, dos neurólogos, una oncóloga y un experto en envejecimiento y ocurre que se ponen de acuerdo. No es un chiste. En ciencia a veces se dan estos milagros, como se puso de manifiesto ayer en una sesión sobre envejecimiento en el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares. La mezcla de especialistas no era casual. A partir de los 75 años, cánceres, enfermedades cardiovasculares y neurodegenerativas representan el 61% de las causas de fallecimiento de los españoles, según reflejan los datos del Instituto Nacional de Estadística. La idea que subyace es que el envejecimiento es, en sí mismo, una enfermedad, y que las otras son manifestaciones de una base común. Algo que geriatras y profanos sospechábamos hace tiempo" [cursivas en negritas, del autor].

En el texto se incita a una prevención sin límites (¡incluso prevención del envejecimiento en sí mismo!), que se supone sólo tiene problemas de coste. No parece haber daño en las propuestas. Todo se pinta de rosa, al tiempo que se prometen cosas imposibles. Se infunde miedo ante el envejecer, que dicen comienza a los 20-30 años.

Por supuesto, ha habido reacción ante tamaña barbaridad. Por ejemplo, de Sergio Minué, profesor de la Escuela de Salud Pública de Granada

Juan GérvasLo dijo el poeta: "¿Murió? No, acabó, que empezó a morir cuando nació". En ese sentido somos un "ser para la muerte". Pero llenos de vida, de salud, de amor, de amigos, de sexualidad y de sexo, de buenos y de malos ratos, y de felicidad y sufrimiento. Envejecer a partir de los 20-30 años es tener salud a chorros, por más que "renqueemos" de algo (hemorroides, diabetes, esquizofrenia, desempleo, psoriasis, insomnio, etc.). Cabe salud a toneladas mientras cargamos la mochila con algunos kilos de enfermedad. Envejecer es una oportunidad de disfrutar más de la vida.

Que no le amarguen los años esos mercaderes, esos vendedores de humo que habitan mercados de nombres rimbombantes.
Así sea".

Como cronista de "El Mirador" en Acta Sanitaria doy fe de que el contenido de este texto refleja fielmente la sección semanal del 1 de julio de 2013 de Antonio Gómez Díaz, en el "Diario de Mallorca".

Juan Gérvas (jgervasc@meditex.es) es médico general y promotor del Equipo CESCA (www.equipocesca.org) mpf1945@gmail.com @JuanGrvas